La comida
La comida. Antes de organizarme un viaje, o a Madrid o a cualquier ciudad que visito, procuro organizar una comida con viejos conocidos o amigos, no sin antes llamar o enviar un correo electrónico para pulsar su agenda. Sentarse a la mesa dota cualquier gesto de una relevancia significativa, desde la forma de sentarse, de compartir, de ingerir los alimentos a los modales a la hora de manejar los cubiertos y los tiempos de conversación.
Compartir mesa y mantel con cualquier persona es desnudarse pues por mucho que intentemos escondernos bajo el personaje inventado para sobrevivir se descubre la autenticidad de la persona en cuestión. Me lo decía un experto en protocolo, en Estados Unidos las empresas invitan a comer a los posibles candidatos para estudiar su comportamiento y luego deciden por aquel que reúne mejor el perfil que se busca, su grado de asertividad, empatía y educación. Ser invitado a una mesa es sinónimo de reconocimiento, de aprobación de esa persona o hacia su historia. Me suelo sentar con personas a las que admiro, a las que me unen aficiones, profesión, familia o simplemente en el deseo de aprender de quienes más saben de la vida, de sus peripecias vitales que es lo mejor de la vida.
En mi último viaje compartí mesa y mantel con Fernando, un buen amigo, en el restaurante madrileño Edelweiss (calle Jovellanos, nº 7). Situada junto al congreso de los diputados y pared con pared a “casa manolo”, nunca faltan entre su clientela diputados, periodistas o gente del mundo de la cultura que degustan entre sus especialidades culinarias, la ensalada alemana, ensalada de morros, el “Gulash” o su famoso codillo “Edelweiss”. Suelo reservar mesa al fondo de la sala, alejados de las conversaciones del resto de los clientes. En mi anterior visita, en el que me entrevistó un periodista, pude ver a Carmen Balcells - la insigne editora catalana al que acompañaban dos señoras, seguramente sus anfitrionas. Mi amigo Fernando convive a diario con Goya, Zurbarán, Velázquez, Sorolla, Murillo o José de Ribera, entre otros. A él le admiro por su discreción, humildad, saber estar y, sin embargo, pide recetas caseras, las auténticas, preparadas con materia prima del huerto, del campo. Sin duda, personifica el conocimiento, esos valores tan escasos hoy en día como la educación y el respeto hacia el otro. En él se sedimenta la trayectoria de su pueblo, Madrid, que es la suma de aquellos que llegaron un día a buscar el pan y dar sentido a sus vidas.
Así es la capital, un acto de socialización pedagógica, comenzando por esos restaurantes caseros que poco a poco voy conociendo gracias a los amigos y a esa gente que cultivo como tesoros. Entro en esos espacios de formación para salir, después, a esa fiesta que es la vida. Me apasionan pocas cosas como ésta, coleccionar amigos, pocos pero buenos. Yo espero seguir dándoles cuenta de mis penas y de mis alegrías, de mis aciertos y fracasos, de mis luchas y temores, de todo aquello en lo que creo. Si puede ser entre pucheros mejor que entre ruidos de sonrisas falsas que alimentan sus egos.
Posted on Friday, October 30 2009
Author: admin
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