Un 20 de noviembre de 1975
Un 20 de noviembre de 1975. Acababa de cumplir once años el junio de ese año y ese día recuerdo fue una de las fechas más felices de mi vida, disfrutamos de unos días de fiesta. Me percaté de ser testigo de una parte importante de la historia de nuestro país al ver en la televisión esas largas colas que se formaron en el Palacio del Pardo para darle el último despido a Franco. Lo demás, son recuerdos que retengo en mi memoria. Hoy, el periodista José Luis Navas me recomienda leer “Los zuecos del 42″, recuerdos de Irma Deglané, la “periodista infiltrada” en La Paz durante la larga agonía de Franco.
Aún, en este día de hoy, 20 de noviembre, no acabo de entender como esos zuecos del 42 no me delataron como la “periodista infiltrada” en La Paz durante la larga agonía de Franco.
La “historia de los zuecos” dio comienzo aquel 7 de noviembre de 1975, en una clínica de Maternidad, con el nacimiento de mi sobrina Ena, hija de mi hermano Roberto, prestigioso cirujano de columna de La Paz. En un momento dado el “busca” de mi hermano comenzó a sonar insistentemente, tras ponerse en contacto con La Paz, dijo que tenía que incorporarse urgentemente a su Servicio ya que iban a llevar a Franco al Servicio de Cardiología de su yerno, el doctor Martínez Bordiú, marqués de Villaverde, y todo el personal médico tenía que estar en sus puestos de trabajo.
Por aquel entonces yo trabajaba como redactora en el diario PUEBLO y algo del “olfato” profesional de aquellos excelentes compañeros periodistas, debió de “pegárseme” pues sin dar opción a mi hermano a negarse, me “pegué” a él como una lapa hasta entrar en Urgencias de Traumatología de La Paz, lugar de donde no saldría hasta la madrugada del 20 de noviembre de 1975.
Nada más llegar, mi hermano se “deshermanó” no sin antes hacerse el despistado ante el “latrocinio” de una de sus batas de médico a la que añadí una “a” al bordado “Doctor” pasando de ser periodista a flamante “Doctora Deglané” Un poco más difícil fue conseguir en urgencias un pijama verde de la talla 38 y ya totalmente imposible unos zuecos del 36 por lo que no tuve más remedio que “arramplar” con unos de la talla 42 que invariablemente perdía cual Cenicienta cada vez que bajaba alguna escalera. Tres cuartos de hora más tarde de mi llegada hizo su ingreso el Generalísimo y con él el más riguroso cerco de seguridad que recuerde.
Los componentes de la Guardia personal de Franco, que llevaban boina con una borla roja, “tomaron” la Paz, desplegándose por todo el edificio, desde el sótano desde donde se distribuía el oxígeno a las distintas plantas, hasta las terrazas superiores, sin olvidar las habitaciones más estratégicamente situadas cerca de las que ocuparía Franco en la planta de Cardiología… menos mal que olvidaron los ascensores de quirófano. Puede que no lo consideraran necesario y digo menos mal porque gracias a ellos podía desplazarme desde el sótano de Urgencias de Traumatología hasta el quirófano de Cardiología y allí conseguir las primicias del estado de salud de Franco y anticipar a los lectores de PUEBLO las intervenciones quirúrgicas a las que se sometió.
Una vez, en dicho ascensor, coincidí con el marqués de Villaverde y su hija Mariola. Ambos discutían acaloradamente sin a penas percatarse de mi presencia; Mariola reprochaba a su padre que no dejara morir en paz a su abuelo intentando mantenerle con vida a toda costa.
Cada vez que alguno de mis contactos, entre el “equipo médico habitual” y de la enfermería, me comunicaba alguna noticia, escribía en el primer papel que encontraba a mano y se lo entregaba a un camarero de la cafetería de los médicos y éste, a su vez, se ponía de acuerdo con Xavier Rodrigo, un entrañable compañero de PUEBLO, ya desgraciadamente fallecido, e intercambiaban el “papelito” en los servicios de la cafetería, con el considerable “pitorreo” de los compañeros que estaban al tanto del “intercambio”. Otras veces me ponía en contacto por teléfono con Manuel Marlasca, Redactor Jefe de Sucesos en PUEBLO, y le hablaba en “clave” sobre el estado de salud del “abuelo”… y Marlasca, a su vez, lo transcribía al periódico… eso sí cada vez tenía que cambiar de teléfono, colándome en despachos y en consultas, pues ya había corrido el rumor de que había una periodista “infiltrada” de enfermera.
No se les ocurrió a los de seguridad que la infiltrada era en realidad una “médico” que corría siempre escaleras abajo con unos zuecos en la mano. Tampoco se percataron de que los zuecos que llevaba eran demasiado grandes el día que se me ocurrió acompañar a parte del equipo médico de urgencias al hall de entrada de la Paz, que estaba repleto de periodistas de la competencia a pesar de lo cual ninguno de ellos se “chivó” a los numerosos agentes de policía que igualmente circulaban por dicho hall.
Tras casi dos semanas de mal dormir en camas “calentadas”, de cortar pantalones, slips, bóxers y calzoncillos de accidentados en Urgencias - con algo tenía que justificar mi presencia - el 19 de noviembre, sobre las 23 horas llegaron dos motoristas de la escolta de Franco accidentados. Al parecer les habían dicho que se presentaran urgentemente en la Paz, paradójicamente se “presentaron en urgencias” donde me comentaron que por “radio Macuto” les había llegado la noticia que tenían que escoltar una ambulancia, supuestamente con el cuerpo de Franco, al Pardo para dar a entender que había muerto en su cama. Esto me ha hecho pensar durante todos estos años que Franco murió en realidad el día 19 y no el 20 como se dijo.
Sobre la una de la madrugada, ya del día 20, llegaron a la Paz los hermanos Puga que al parecer eran los forenses que tenían que dar “fe” de la muerte de Franco y supuestamente llevar a cabo su autopsia. Hice entonces mi última llamada a Marlasca para comunicarle que el “abuelo” había fallecido; descosí la “a” de mi bata, devolví el pijama verde y me lleve de recuerdo unos enormes zuecos del 42.
Posted on Friday, November 20 2009
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